lunes, 13 de enero de 2025

Ruta Herreros-Soria por la Vía Verde

  Ruta Herreros-Soria por la Vía Verde

  (Miércoles, 31 de julio de 2019

 

  En un lugar de la provincia de Soria, de cuyo nombre sí quiero acordarme y cuando la del alba no era, puesto que todavía la noche extendía sobre él un tupido manto, Félix, Carlos, Cipri y Ángel (cuatro de los seis hermanos Andrés Vallejo) provistos de abundante líquido, frutos secos, chocolate negro, plátanos y los correspondientes y apropiados bastones, emprendemos la marcha que nos llevará desde Herreros, nuestro pueblo, hasta Soria, distantes 24 km., por la Vía Verde que discurre por la desaparecida vía férrea de la pretendida pero nunca acabada línea Santander-Mediterráneo. La hora prevista de llegada se estima sobre las 12 h. Esperamos no retrasarnos tanto como lo hacía el tren en aquellos tiempos.

La sección de esta línea que afectaba a Herreros  (Cabezón de la Sierra-Soria) se había inaugurado oficialmente el 25 de enero de 1929 y su certificado de defunción se fechó un 31 de diciembre de 1984, con lo cual, a partir del 1 de enero de 1985 se iniciaría el triste y lamentable deterioro progresivo de un camino y edificios que tanto costaron construir y que tanto facilitaron el traslado de personas, animales y objetos: cosas de la rentabilidad, que contribuyeron, como otras decisiones y ¡sabe Dios que intereses¡, al aislamiento y, en consecuencia, a la despoblación y empobrecimiento de la provincia, puesto que las vías de transporte son esenciales para el desarrollo de cualquier territorio.

  Añadir, a propósito, que en esa misma fecha fue también clausurada, dentro de los más de 3000 km. de líneas férreas que se cerraron en toda España, la línea Valladolid-Ariza que atravesaba en su totalidad la provincia de oeste a este. Posteriormente, en el año 1996, se abandonó la explotación ferroviaria del tramo Soria-Castejón, de manera que la hecatombe ferroviaria en nuestra querida Soria fue ya casi completa. Otra derrota más a sumar a las que venimos acumulando en esta tierra de Caín desde que Escipión nos ajustó las cuentas, hace ya muchos siglos en Numancia.

  Después de esta breve digresión informativa, retomemos el hilo y el camino.

  Cuando cerramos la puerta de casa, nos saludan fríamente los 9 grados de temperatura y monótonamente las tan familiares y evocadoras campanadas del reloj de la torre de la iglesia anunciando las seis de la mañana. La repetición de la hora coincide con el inicio del itinerario que realizábamos cuando íbamos a coger el tren y que tan largo nos parecía en nuestra infancia e incluso adolescencia y en el que ahora empleamos unos 15 minutos, por lo cual a los 24 km. citados anteriormente, se sumará uno y pico más.

  En este trayecto, a la salida del pueblo, dejamos a la derecha el hotel Enclave, ubicado en lo que durante nuestra infancia, adolescencia y algo más fuera la casa del cura. Un poco más abajo, bordeamos "el pilar" o abrevadero de animales en el que, a nuestro paso, oímos zambullirse a algunas ranas escondidas entre las hierbas que lo circundan. Nos viene a la memoria, entonces, el apresuramiento de las vacas, sobre todo en el verano, al barruntar la proximidad del agua.

  Dejamos a la izquierda el lavadero público de cuyo edificio rectangular con tejado a dos aguas, solo se conservan un fragmento de uno de los lados largos, las dos pilas (la de aclarar y lavar, pero vacías) y el caño en el que, en la actualidad, la gente llena garrafas pues su sabor poco tiene que ver con el que llega a los grifos de las casas y equiparable a cualquiera de las envasadas que compramos habitualmente.

  También a la izquierda, al borde del monte y en una pequeña explanada pendiente, queda la ermita de San Roque (patrón del pueblo) con el milagroso perro lamiéndole sus heridas y que, respetuoso con la tradición, no osa ni rozar las roscas que cada 16 de agosto se subastan en honor y favor del santo.

  Como los colmillos del sol aún no han hecho presa en las tinieblas de la noche, el silencio no es interrumpido por el canto de algún madrugador pájaro, tan solo lo es por nuestro acompasado caminar y el ruido de los coches circulando por la carretera Nacional 234 (Sagunto-Burgos) que atravesamos con extrema prudencia.

  Por fin, a las 6,16 h. llegamos a la Vía Verde que tomamos algunos metros antes de la propia estación, gran parte de la cual todavía aguanta milagrosamente de pie, incluida la casa del jefe de estación.

  Encabezados por Félix, el hermano mayor, avanzamos a buen paso. La Vía Verde discurre, más o menos, paralelamente, por un lado, a la carretera antes citada y entre las cuales se suceden pequeñas parcelas cultivables, y, por el otro, a la Sierra de Frentes, actualmente conocida por Sierra de Cabrejas. Rememoramos aquellos tiempos en que, en un incosciente derroche, poníamos sobre cualquiera de los raíles, poco antes del paso del tren, una perra chica (5 céntimos de peseta) o en el colmo del derroche, una perra gorda (10 céntimos) para ver cómo quedaba después de ser aplastada por las ruedas del monstruo que circulaba lanzando al aire una densa humareda que, poco a poco, se dispersaba en busca de ese límpido cielo que en la lejanía parecía dejarse acariciar por los grises picachos de la sierra.

  Sí, parece que tendremos suerte porque, aunque rabioso como en días anteriores el sol intenta rasgar las tinieblas de la noche, unas nubes se lo impiden de modo que la temperatura sube poco y lentamente.

  De tanto en tanto, los tres hermanos menores nos reímos pues Félix, que parece llevar orejeras y que le pinchen por detrás, camina a paso más que ligero. Ante cualquier parada dice: "a este paso llegamos a Soria de noche", y al ver que el día se presenta nublado, augura: "encima nos va a llover".

  En animada conversación, devoramos -bueno, comemos, simplemente- los hectómetros, los kilómetros, cabal y perfectamente señalizados a lo largo del camino. Dejamos atrás Herreros y nos adentramos en el término municipal de Villaverde del Monte del que se dice que es el pueblo de las tres mentiras, porque ni es villa, ni verde ni tiene monte. Eso si que son mentiras. villa suponemos que lo es; verde, tanto como cualquiera de los pueblos de alrededor, y monte, por supuesto que lo tiene.

  En este pueblo no había estación ni apeadero de tren. Los habitantes que precisaran viajar en él, debían cogerlo en el siguiente: Cidones. Recordamos, a propósito, que cuando volvíamos de Soria en el tren de la noche, las luces de Villaverde nos indicaban que ya nos acercábamos a nuestro pueblo y que debíamos ir preparándonos.

  De repente, se hace visible un rótulo en el que se indica: Soria, 18 km.; Abejar, 11 km.

  Ante la parada de 2 segundos como mucho, Félix apremia: "¡Venga, venga! vamos¡"

  Y arreando para Soria se ha dicho.

  Hasta el momento, nadie nos ha adelantado ni con nadie nos hemos cruzado, ni ciclistas ni caminantes. Sin embargo, como si unos jabalíes se hubieran sentido aludidos por Félix, atraviesan corriendo el camino unos cuantos metros por delante de nosotros, no precisamente dirigiéndose a Soria sino a esconderse en el monte entre la maleza.

  De tanto en tanto y a lo largo de algunos kilómetros de nuestro itinerario, también atraviesa nuestra pituitaria el intenso olor de alguna que otra explotación agropecuaria que difumina, durante un buen trecho, el más mínimo atisbo de los olores propios y diversos de la Naturaleza, obviamente muchísimo más agradables.

  A las 6,56, evidentemente en la distancia, pasamos frente a la iglesia de Villaverde. Continuamos -siempre más lentos de lo que Félix desearía- hacia nuestro primer punto de avituallamiento: Cidones, pueblo por el que pasara en la diligencia el gran poeta Antonio Machado, en cuyo viaje recogería la leyenda que daría lugar al romance de la tierra de Alvargonzález.

  En este pueblo sí había estación de ferrocarril habilitada, además, para carga y descarga de mercancías. Antes de llegar a ella, tenemos la oportunidad de ver un par de corzos que, con su fino oído, nos han detectado y  salen de najas alejándose de nosotros lo más posible con sus característicos saltos.

  Como, por mucho que el sol se empeña, las nubes no le permiten castigarnos, el calor brilla, pero por su ausencia y, por consiguiente, la sed no nos acucia precisamente. Esto supone que, Ángel, convertido casi en hombre-cisterna, transporta sin la menor queja los 5 litros de agua con limón ligeramente azucarada.

  Llegamos, por fin, a Cidones a las 7,26. La estación se halla ubicada en el lado opuesto a la de Herreros. Nada más llegar, Félix vuelve a apremiar: Venga, que solo llevamos una hora y media. Venga, vamos hasta Ocenilla.

  Que pena dan las casas abandonadas y todavía más las estaciones, porque ¿cuantas personas, cosas y circunstancias habrán visto pasar¿, ¿cuántas vivencias de todo tipo habrán albergado en sus salas de espera? ¿Qué de tristezas y alegrías, qué de bienvenidas y adioses habrán visto y oído?

  A fin de calmar la nostalgia (la del estómago) nos bebemos, como no ha hecho ni hace calor,  sólo un poco de agua con limón y comemos un bocadillo de chocolate, un plátano y un buen puñado de frutos secos. Repuestas las fuerzas, podremos llegar sin problemas a Toledillo donde, si Félix no lo impide, avituallaremos de nuevo.

  Nos asombra que durante el camino, no se haya oído cantar prácticamente a ningún pájaro. Pareciera que, contagiados de la despoblación' de la provincia, ellos también hayan emigrado, debido, quizá, a la existencia de pajarracos depredadores que desde dentro y desde fuera les hayan obligado, no solo a emigrar, sino, como mucho, a emitir un triste y lastimero pío.

  Durante el avituallamiento, según lo previsto, Ángel llama por teléfono a su hijo Óscar para que, junto a David, el compañero de Míriam, su hija, vengan a nuestro encuentro en Toledillo para realizar un mini-reportaje de la marcha con un Dron.

  Poco antes de reemprender el camino, de improviso, Ángel, que es cazador, extrae de la mochila un tubo a modo de cuerno que se utiliza como reclamo durante la berrea de corzos, ciervos o venados allá por el mes de octubre, y lo hace sonar en medio del silencio ligeramente perturbado por el lejano ruido del tránsito de los coches por la carretera. Las risas son incontenibles.

  Podías haberlo hecho sonar cuando vimos los corzos, dice alguien. Capaz que nos hubiera rodeado una manada para acompañarnos un ratito aunque sea agosto.

  Reanudamos la marcha. Con el estómago contento, se sueltan algo más la lengua y las piernas. Camino de Ocenilla, a cuyo paso a nivel llegaremos a las 8,05 h., Ángel nos informa de que guarda en su local, desde que realizara hace unos cuatro años este mismo trayecto, pero a la inversa y cuando todavía estaba la vía, de alguno de esos enormes tornillos que sujetaban raíles o traviesas y alguna de aquellas jarrillas del tendido telefónico.

  Tampoco Ocenilla disponía de estación, por tanto, al igual que las personas de Villaverde, las que hubieran de desplazarse en tren, tenían que cogerlo también en Cidones, equidistante, más o menos dos y pico kilómetros de ambos fueblos.

  Se comenta que, precisamente en Ocenilla, hay un estupendo bar en el que sirven unas buenas tapas. Decidimos ir días después los cuatro para deleitarnos con unos torreznos, una tortilla de patatas y unos buenos callos. Pero antes, hay que llegar a Soria.

  Es a partir de este pueblo cuando empezamos a cruzarnos con otros caminantes, algunos de los cuales son conocidos. Uno de ellos, al explicarle la ruta que hacíamos, nos preguntó si incluía también la vuelta. Le respondimos que no, que tan sólo habíamos sacado el billete de ida.

  Pasado Ocenilla, situado entre la Vía Verde y la carretera, nos dirigimos hacia Toledillo. En general, como ya se ha dicho, entre la Vía Verde y la carretera, el terreno es de labor, mientras que el que se halla por encima de ella, se combina con monte, fundamentalmente de robles. En ocasiones, el camino discurre entre unas considerables moles de piedra.

  Toledillo es nuestro segundo punto de avituallamiento y el de encuentro con Óscar y David. Llegamos a las 9,35 h. Mientras repetimos "menú" los esperamos junto a la pequeñísima edificación que servía de refugio a los pasajeros. Figura en un poste alto una A que No es la inicial de nuestro primer apellido, sino la inicial de Apeadero. Efectivamente así estaba catalogada.

  Tras varias indicaciones vía telefónica, nos localizan. Allí damos cuenta de las provisiones, mientras Cipri recuerda cuando nuestro padre los llevaba, a él y a Ángel, en tren hasta Toledillo y de allí, andando, hasta el bello paraje denominado Valonsadero el día de La Compra, que se enmarca en ese proceso festivo que culminará con las fiestas de San Juan de Soria. Ángel aprovecha ese momento para hacer una nueva demostración de reclamo de la berrea con el tubo-cuerno. No sé si será por las risas, el caso es que no acude ningún corzo, ciervo o venado.

  Después del avituallamiento y mientras seguimos avanzando, David suelta el "tábano" o Dron para que, entre idas y vueltas, recoja imágenes para la posteridad. Cuando pasa por encima, instintivamente bajas la cabeza e incluso sientes el impulso de agacharte.

  Cumplida la misión de ambos improvisados "reporteros" se vuelven a Soria para esperarnos en la estación de Soria-Cañuelo, fin de trayecto, o casi porque todavía restaría la propina,voluntaria y fuera de programa, que es la de bajar hasta la Plaza Mayor.

  Hay un error de previsión. Queda prácticamente la mitad del recorrido y no se había considerado un tercer avituallamiento. Podíamos a ver descansado unos minutos, pero ya puestos, hasta el final sin parar: es una cuestión de orgullo.

  En esta parte, además de caminantes, nos encontramos con algunos ciclistas. El saludo se dispensa automáticamente. Ah, y ya que de saludo se habla, durante un trecho, Vía Verde y carretera realizan su recorrido, hombro con hombro, codo con codo, hasta que, por virtud de sus diseñadores, se vuelven a separar llegando a la capital cada uno por su lado.

  El sol no acaba de aparecer. Intenta mostrarse por entre las nubes, pero no lo consigue, al menos en plenitud. La verdad es que se agradece. No obstante, la sed reclama atención, aunque no insistentemente. todo llegará porque la temperatura ha subido unos cuantos grados.

  Félix sigue a su marcha, Ángel, a pesar de los litros que acarrea, decide marcarlo estrechamente. Cipri y Carlos se rezagan un tanto hasta no ser divisados por los dos primeros, que aminoran el ritmo.

  A medida que avanzamos, las piernas obedecen, pero no tan diligentemente. Cuando falta poco más de tres kilómetros, el portador de la  garrafa oye que desde lejos Carlos y Cipri gritan: "¡aguaaa¡"

  Acude de inmediato, y eso que podía haber esperado a que llegaran los demandantes.

  Beben un par o tres de vasos. Calmada la sed, se retoma el camino. Los hectómetros parece que tienen más de 100 metros, y los kilómetros, más de 1000, lógicamente.

  Los últimos metros son criminales, ya que los hacemos por vías muertas con sus raíles y piedras. Es lo más propicio para que, como dirían los antiguos, te tronzaras una pierna.

  Salvamos con dignidad el escollo y, después de atravesar varias vías, hacemos la entrada triunfal en la estación de Soria-Cañuelo a las 11,50 h., donde ya están nuestros comprometidos "reporteros" para inmortalizar el acontecimiento.

  ¡Reto cumplido!

  Pero aún faltaba algo más. Cipri y Carlos deciden bajar en coche con Óscar (aunque no hasta la puerta del bar) mientras que Félix y Ángel lo hacen andando en un alarde de fuerza y pujanza, hasta la Plaza Mayor, donde en el Rey de Copas, bar regentado por Miguel Ángel, chaveto como nosotros, nos servirá unos torreznos y oreja rebozada, todo ello regado por unas fresquísimas cañas de cerveza.

  Que conste que, liberado de la todavía medio llena garrafa, Ángel le hace llegar a Félix hasta el bar con la lengua fuera y casi arrastrando los pies.

  El regreso al punto de partida se hace en coche. Después de almorzar y pasando por El Collado, nos viene a la memoria el tío Burrero. ¿Que quién era? Un importante constructor soriano y se llamaba Anselmo Díaz.

  "Precisamente, muchos de los firmes de las carreteras de la provincia de Soria por donde ahora transitamos, están construidos con piedras trasportadas desde las canteras a lomos de burros. A mediados del siglo pasado, El tal Anselmo Díaz las transportaba con las reatas de burros de su propiedad y que eran picadas en el tajo de la carretera. De ahí el apelativo de el "tío burrero".

  La característica física más relevante de este hombre era la exagerada gordura y corpulencia de su cuerpo. En el año 1953, cuando el tío Burrero tenía 56 años de edad, obtuvo en Bilbao el título de "campeón nacional de gordos" al alcanzar en la báscula el peso de 193 kilos. En el año 1958 el Círculo de la Amistad de Soria hizo construir para él un asiento especial adaptado al enorme peso de su cuerpo y a las desmesuradas dimensiones de su oronda anatomía. Por aquella época, constituía una estampa típica ver sentado al "tio Burrero", en los soportales de El Collado, siendo saludado de forma afable por sus paisanos, algunos de los cuales le llamaban, cariñosamente, con el chocante apelativo de "Anselmín", usando el diminutivo de su nombre a pesar de lo exagerado de su cuerpo." Se decía, además, que su bragueta tenía 36 botones. ¡Tiene botones la cosa!

 

  C. A. V.

 

 

Herreros en la película Doctor Zhivago

  Herreros en la película Doctor Zhivago

 

  Hoy, si alguien tiene ganas, tiempo y paciencia, le invito a leer un libro de más de 600 páginas y ver una película que supera las 3 horas de duración.

  A buen seguro, todas y todos los que leáis estas líneas habréis oído hablar de la película titulada Doctor Zhivago. Pues bien, esta película está basada en la novela del mismo título, escrita en 1957 por Boris Pasternak (poeta, novelista y traductor ruso) nacido en 1890 y fallecido el año 1960

y que fuera galardonado con el Premio Nobel de literatura en 1958. La novela fue considerada anticomunista por el gobierno de la Unión Soviética, el cual, por tal motivo y con amenazas, le obligó a renunciar al citado premio.

  La película, dirigida por David Lean, apareció en las carteleras en 1965. Había sido rodada en Finlandia y, principalmente, en España: Madrid, Soria, Salamanca y Granada; .

  En Soria se rodaron prácticamente todos los exteriores, empleando para ello las líneas de ferrocarril que por entonces estaban en uso. Se rodaron escenas ferroviarias en los siguientes escenarios:

Estación de Soria-Cañuelo

Candilichera (Campo de Gómara)

Villaseca de Arciel (Campo de Gómara)

Navaleno (Pinar Grande)

Villar del Campo

Yanguas

Matamala de Almazán.

  Salido de la gran fototeca del amigo Javier Pío, cierto día me llegó un fotograma de la famosa película que fue tomado en la clausurada línea férrea Santander - Mediterráneo. La imagen en concreto, con su bella puesta de sol, está localizada e inmortalizada en el trayecto Cidones -Abejar. ¿Qué maravilloso pueblo se encuentra en medio de dicho trayecto y que cuenta también con su estación de ferrocarril? Habéis acertado, sí, señor: Herreros! Desde entonces puede decirse, aunque sea por un simple fotograma, que es un pueblo de película.

  Como, además y en segundo término, también está la fotografía de la estación, realizada en el verano de 1984, demos rienda a nuestra peliculera imaginación con más de realidad que ficción. Trasladémonos, ahora, a un día de verano de 1964. Sentadas frente al andén en esa especie de traviesa que une los dos ciruelos que hay en ella, cuatro o cinco personas esperan la llegada del tren que, si bien suele hacerlo con retraso, afortunadamente no es el famoso tren-correo de Galicia que solo llegó un día con puntualidad a Madrid porque se retrasó 24 horas. Una de las personas (seguramente la más impaciente) se levanta, se aproxima al andén, mira hacia la derecha y, después de observar unos segundos, anuncia:

  -Ya viene. Ya asoma por la curva de Abejar.

    Subimos, por fin, al tren que circula por esa inacabada línea Santander-Mediterráneo, cuyo primer viaje oficial data del día 25 de enero de 1929 y el último del 31 de diciembre de 1984. Al llegar a la estación de Soria- Cañuelo, la sorpresa de viajeras y viajeros es enorme: la habían vestido artificialmente de blanco, y es que el tiempo, a veces juega malas pasadas. Por lo visto aquel año se empeñó en no nevar. Y yo, ahora, me empeño en que sigamos haciendo trabajar a la imaginación. ¿Se acuerda alguien, de pequeñito, claro, aprovechando las horas en que no pasaba ningún tren, ver cuánto aguantaba caminando sobre uno de los raíles sin descarrilar? ¿Poner una moneda de cinco céntimos (perra chica) o en el colmo del despilfarro una de diez céntimos (perra gorda) en los raíles y ver cómo la dejaba el monstruo a su paso? O, ¿colocando una de esas pequeñas piedras calizas que había al lado de los raíles, comprobar que las ruedas del bicho la deshacían mejor que cualquier molino los granos de los cereales?

  Ahora, de esa línea, convertida en Vía Verde, solo quedan los recuerdos y en ellos y en la imaginación, aquellos famosos rótulos modificados y actualizados:

Paso sin tren.

¡Ojo al guarda!

¡Atención al tren del progreso! 

 

  C. A. v.

 

 

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Marcela, ¿la loca?

  Marcela, ¿la loca?

 

  Por la pasarela de las páginas del libro que sobre Herreros, mi pueblo, escribió Jesús Gaspar Alcubilla, desfilan, vestidas con los típicos trajes del recuerdo, un conjunto de personas que, bien directamente o bien por referencias,  viven en ese rinconcito de mi memoria chaveta. Una de ellas es la Marcela (hermana del tío Felipe el alguacil, sacristán y yo qué sé cuántas cosas, y también de la tía María la Roma) de la que, además de lo que allí se dice, avivando los rescolditos de mi infancia, adolescencia y algo más, me apetece agregar alguna otra cosilla.

  Lamentablemente, Las personas, en demasiados casos, sacamos a pasear nuestro poquito de perversidad e incluso de crueldad colgando etiquetas, apodos o alias que reflejan casi siempre algún aspecto negativo de la persona a quienes nos referimos. Basta que se aparte algo del rebaño o ser un tanto excéntrica, ya sea en el vestir como en su comportamiento,  para tildarla de "loca, "ida" o cualquier otro adjetivo peyorativo o negativo en lugar de resaltar lo positivo.

  En el caso de la Marcela que, efectivamente, solía gritar aquello de "¡viva Franco! ¡Arriba España! -otros muchos también lo hacían jodiendo, encima y de verdad, al prójimo- yo destacaría que era una persona instruída, culta. Aparte de que tenía el buen hábito de leer todo aquello cuanto caía en sus manos, también poseía el de escribir. A mí me leyó un poema que había dedicado a las cigüeñas y que me sonó muy bien. Incluso, tengo el vago recuerdo de que se lo habían publicado, quizá en el Hogar y Pueblo o en el Campo soriano.

  ¡Cuántos poemas escribiría en la soledad de las dos o tres diferentes casas del pueblo en las que habitó por la gracia de Dios o de quien fuera! ¡Y en qué lumbre se convertirían, lamentablemente, en humo y en cenizas!

  Y como murió en la más absoluta soledad, nadie supo si antes de subir al último tren murmuró: ¡Viva Franco! ¡Arriba España!, no tanto por ser hija de militar y servir en casa de militar, sino por la miserable pensión que a lo mejor el régimen le había concedido.

  Yo más me inclino por creer que su última palabra sería: A-Ve-ma-rí-a que, según solía decir, eran los nombres de los cinco olmos de la ermita de la Soledad. Nadie puede discutirle que sabía dividir perfectamente las palabras por sílabas.

  Marcela: Contágianos esa alegría tuya y que, como tú, al mal tiempo pongamos buena cara y una radiante sonrisa.

 

  C. A. v.

 

sábado, 4 de abril de 2020

El cartero

  El cartero

 

  Mientras tomaba el cafetito de media mañana con la mente en estado de calma chocha, una ligera brisa musical empujó hasta la orilla de mis recuerdos la intimista voz de Georges Moustaki, interpretando uno de los temas de un maravilloso disco titulado, genéricamente, Le Métèque y que forma parte de la intransferible banda sonora de mi vida.

  Como si la susurrante voz del cantautor me recomendara: "douzement, mon ami", bebo a sorbitos de pájaro el café, me recreo en alguna de las escenas que me recuerdan las canciones del disco y, por fin, lo busco en mi musicoteca cibernética y lo reproduzco según el orden establecido en el mismo.

  Cuando, tras las introductorias notas desgranadas por la guitarra y una deliciosa voz femenina cantando de fondo, Moustaki recitaba: "Le jeune facteur est mort, il n'avais que dix-sept ans..." el timbre del interfono irrumpe groseramente en la cálida y mágica atmósfera vivencial.

  Con manifiesto fastidio, me incorporo y "douzement" voy hasta la puerta y descuelgo el auricular.

  -¿Sííí? ¿Quién es? -pregunto.

  -Correo comercial -informa una voz desde abajo.

  No puedo reprimir un ¡mierda!, mientras cuelgo al constatar que otras voces del edificio contestan también al repartidor publicitario que cual acordeonista ha deslizado sus dedos por una de las filas de botones del panel presionándolos.

  Regreso al sillón; pero los hilos mágicos ya han sido cortados y, aunque Moustaki y la dulce voz femenina siguen rindiendo homenaje al joven cartero muerto, mis recuerdos ligados a la canción se desvanecen. Intento recuperarlos reproduciéndola desde el principio. No, ya no es lo mismo. Mis pensamientos buscan acomodo en otros parajes.

  De súbito, coincidiendo con el último acorde, vuelve a sonar el interfono. Dejo que el disco siga su curso en tanto que, ahora más rápido, me dirijo a la puerta. Descuelgo y con tono desabrido -agresivo diría más bien- respondo:

  -¿Quién eees?

  -Correos, el cartero.

  Pulso el botón, cuelgo, y mientras parsimoniosamente retorno al cómodo sillón, por esas extrañas correlaciones o escondidas invocaciones, venida del más allá la voz de un amigo rasga mi habitáculo mental con una relampagueante frase: Está más sudado que calcetín de cartero rural.

  Quedo prendido en ella. Me acerco a la mortecina lumbre de mis recuerdos, remuevo las cenizas con las largas tenazas de la memoria y atrapo una pequeña ascua cargada de cartas, postales, esquelas, periódicos...

  Si el dicho se hizo proverbial, sería -digo yo- bien porque el único cartero de cualquier pueblo bastante grande se lo pateaba de arriba abajo repartiendo la correspondencia, o bien porque, recogida en la estación donde se detuviera el medio de transporte que la llevara, había de repartirla "a patita" por varios de los pueblos de la zona, con lo que estaba garantizado que en su diario deambular con su clásicas gorra y cartera sudaría el calcetín hasta acartonar la suela. Sin embargo, en mi infancia, adolescencia y aun en algunos de los años de la juventud, el cartero de mi pueblo, el Tino (que así se llamaba) poco lo sudó, y es que mi pueblo era tan pequeño -ahora lo es mucho más, en habitantes, se entiende- que podía llevar los mismos calcetines varios días sin que se acartonaran.

  No tenía el Tino, precisamente, 17 años. Bajo, calvo y con tres hijos, me parece estar viéndolo, sin gorra ni uniforme especial, recorrer ordenadamente el pueblo, llevando en su cartera las cartas de los mozos que, en Africa o cualquiera de las provincias de España, hacían la mili; las de hijas, hijos u otros familiares, integrantes de la diáspora laboral que incluía el extranjero (fundamentalmente Francia, Alemania y la Argentina); las de amor -que alguna, habría, supongo yo... y esas que a mí tanto me llamaban la atención y que encogían el alma: las ribeteadas de negro.

  ¡Con qué ilusión esperaba yo su llegada en mis períodos vacacionales! ¿Por qué? Porque el intercambio con los amigos del colegio era frecuente, y más tarde, con algunos de esos intensos e idealizados amores adolescentes. Y aquella vez, en la que sin encomendarme ni a Dios ni al diablo -tendría yo 13 o 14 años- solicité (por carta y en Braille, naturalmente) a la imprenta de Barcelona los cuentos de los hermanos Grimm. ¡Qué putada, Tino! En aquella ocasión tuviste que transportar los ocho gruesos volúmenes en Braille desde la estación del ferrocarril. Estoy convencido de que fui el primero en tu reparto. Probablemente, ese día sería uno de los que más sudaste -era verano- por lo cual los calcetines, si no acartonados, al menos sudados sí que lo estarían.

 

 

 

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Yo, el blasfemador

  Yo, el blasfemador

 

  Andaba yo esta mañana removiendo las cenizas en busca de alguna residual y mortecina ascuita, cuando el demonio, emergiendo entre unas cuantas que tímidamente chispeaban vestidas de rojo, juraba y blasfemaba a mi oído, no en hebreo, sino en un perfecto castellano: cagüen Di..., cagüen la Hos..., cagüen el Co... ¿Qué le pasará a este¿, pensé. Pues nada, que me imitaba y se reía socarronamente de cuando yo era un renacuajo.

  Sí, sí, en aquellos tiempos yo juraba y blasfemaba con tal gracia y salero, cual excelente carretero, pastor o labrador en este campo, que las niñas e incluso algunos viejos con los que me llevaba estupendamente solían pedirme: Jura, Carlos; jura, chiquito. Y yo juraba. Anda que si hubiera tenido y podido, claro, que pagar las multas estipuladas por ello, según recuerdo haber leído en algún texto religioso de estudio, el cielo estaría, a buen seguro, enladrillado por las 30 célebres monedas de plata (de la que cagó' la gata) multiplicadas por 70 veces 7 más de las que cobrara Judas Iscariote que, por cierto, mató a su madre con una vara y a su padre con un garrote, y aún pensaba que no era nada, que coreaban los chicos en el pueblo el 28 de octubre. En otra ocasión hablaré de esto.

  Precisamente este verano, la Chon, unos 8 años mayor que yo, hurgando entre las cenizas de nuestralumbre vital, me recordaba lo trasto, pero a la vez simpático, que yo era. Recordé, entonces, lo que me querían algunos viejos, por ejemplo, el tío Marcelino que, como yo había nacido el 4 de diciembre, solía decir que en lugar de Carlos me tenían que haber llamado Bárbaro, o el tío Félix, familiar de ella, que sonriendo pícaramente, me pedía: "No jures tanto chaval" -agregando algo más que no logro recordar.

  Yo disponía de un amplio repertorio extraído, evidentemente, de las exclamaciones, siempre relacionadas con lo divino, que soltaban aquellos duros hombres en su trato diario con los animales que, a veces, se rebelaban contra ellos.

  No, no, nunca me cagué en los apóstoles por orden alfabético, ni tampoco en los hijos de Jacob, pero sí en la Hostia, que enfatizaba y completaba con la más expresiva, Consagrada. Al Copón le añadía, Bendito, a la Virgen, que siempre era la del Pilar -supongo que por aquello de que el acento agudo es más contundente- agregaba, de Zaragoza, para que no cupiera duda alguna. Pero a veces, convocaba a la Corte Celestial y me cagaba en la Procesión Divina.

  Y es que en el pueblo cada día era un cursillo acelerado, e incluso de reciclaje. Me viene a la memoria cierta ocasión en que a mi padre se le escaparon las vacas. Exhibió tal repertorio, que si el cielo no hubiera respondido a tales rogativas imprecaciones -eso sí, con el mazo dando- yo estaría convencido de la no existencia de Dios. Y aquella vez en que desde casa y a cubierto, mientras jarreaba de lo lindo, oí pasar por la calle a Benito el Matraco bajando a todos los santos del cielo, expresión que incluí, desde entonces en mi acervo exppresivo.

  Ahora bien, el que juraba, a mi juicio, desplegando una amplia gama de juramentos y blasfemias, con la mayor y mejor musicalidad que yo escuchara, era el Juan Pedro, que años después protagonizó un hechohilarante por demás, al menos para mí, en lo tocante a la especialidad de la que estoy hablando.

  Se encontraba el buen hombre ingresado en una clínica. No sé si la cuestión se produjo antes o después de ser operado de apendicitis, llamada por el pueblo antiguamente "cólico miserere", el hecho es que una monja le dijo:

  -Si tiene dolores, apriete este botón, que vendremos de inmediato.

  A los pocos minutos, le sobrevino un agudo dolor. Siguiendo las instrucciones, pulsó el botón. Como nadie acudía y el dolor aumentaba, comenzó a retorcerse en la cama exclamando:

  -¡Me cagüen Dios, Me cagüen Dios!

    Y Dios se apiadó -no podía ser de otra manera ante tal invocación. Se personó la monja con un recrujir de almidones y bamboleo de rosarios y demás zarandajas. Al abrir la puerta y oír cómo reclamaba a Dios nuestro Señor el buen Juan Pedro, que reunía en su nombre a dos de los más destacados apóstoles, se escandalizó:

  -Pero, ¿qué está diciendo usted, hombre?

  Y él, entonces, completó:

  -¡Y en la Viiirgen, tambiééén!

  ¡Ay, Dios mío!, después de tantos años, te pido perdón, Señor. No sabía lo que hacía.

  Ahora, sin embargo, sí sé que, por aquí me ando y continúo sin saber lo que hago invocando a los cinco Dioses en que creía mi padre: Dios, Rediós, Cristo, Recristo y Jesucristo.

 

 

 

 

Anda, pincha aquí que no duele:

www.alamordelalumbre.es.tl

 

Tente tú, que yo me caigo

  Tente tú, que yo me caigo

 

  Cuando por unas u otras razones dejas que las ascuas vayan consumiéndose por inanición (porque ni ganas de removerlas ni de soplar tienes) las cenizas todo lo cubren y los rescolditos corren el riesgo de extinguirse para siempre. Sin embargo, mientras uno respira, ese aire que exhalas puede hacer el milagro. Y ese milagro se ha producido.

  Calmadas, al menos de momento, las tormentas interiores, el pensamiento bulle, los recuerdos emergen y, desplegando su larga y multicolor cola, me hacen volar hasta la cocina de casa donde, al entrar después de venir de la escuela, hallo a mis dos hermanos pequeños, Cipri y Ángel, con las espaldas pegadas, los brazos entrelazados, y mientras el primero carga a su espalda al segundo, le pregunta:

  -¡Dónde estás?

  - En tabletas – Responde el otro.

  -¿Qué has comido?

  -Pan y setas.

  -¿Qué has bebido?

  -Agua de mayo.

  -Tente tú,

que yo me caigo.

  Entonces, Ángel carga a su espalda a Cipri repitiéndose el mismo diálogo, pero iniciándolo el primero.

  Ambos aguantan bien el peso. Después de unos cuantos vaivenes, intervengo:

  Yo también quiero jugar.

  Primero lo hago con Cipri, que a duras penas puede cargarme a su espalda. Lo intento después con ángel que se ringa hasta casi dar con los morros en tierra. Peso demasiado para él.

  Descansamos del juego, y desde la altura del presente y de muchos más años, me pregunto:

 -¿Y para qué servía ese juego? ¿Para ir preparando las espaldas que más pronto que tarde cqargarían algún que otro saco? ¿Para fortalecer y flexibilizar los músculos? ¿Para mostrar y demostrarse las fuerzas? ¿Para reírse un rato si la esmorritada se producía? ¡A saber!

  Lo que sí sé ahora, y si no lo sé me lo invento, es que, respondiéndome a la pregunta de que ¿por qué agua de mayo? Sencillamente porque en el campo abril y mayo son meses en los que la lluvia es fundamental para que las plantaciones de gramíneas (básicamente, cereales) y los árboles frutales florezcan con su mayor esplendor. Si hay suficiente lluvia en esos meses, normalmente se asegura una buena cosecha que nos dará alimento hasta el próximo año. Por eso es tan importante y tan necesario que llueva en mayo.

  Regreso de nuevo a la cocina de mis recuerdos. Me mantengo al margen. Los dos hermanos pequeños se enfrascan ahora en otro jueguecito. Ahora se ponen frente a frente, y Cipri recita:

  -Yo soy el gallo

Y tú la gallina,

Yo como salvado

Y tú harina,

¿Empezamos a soplidos?

Y comienzan a soplarse a la cara con toda la fuerza de que son capaces. Uno, al final se ríe tanto, que deja de soplar.

  -¡Has perdido! –grita el otro.

  Perfecto; bonita manera de ampliar la capacidad pulmonar y desplegar el fuelle para hacer sonar el tubo o cuerno llamando a los vecinos para llevar las cabras a la plaza de San Sebastián al rebaño comunal que andará de acá para allá buscando el alimento diario.

    Y diariamente alimentamos los recuerdos en busca de aquellos años que, en un juego de espejos, nos permitan con engaños, con deformaciones, la mentira piadosa de creer que tenemos de nuevo toda una vida por delante.

 

domingo, 29 de diciembre de 2013

Yo me confieso a vos

  Yo me confieso a vos

 

  Acabo de oír hace un ratito por enésima vez aquello de que los niños son muy crueles y, por añadidura, egoístas. Inmediatamente, como si nuestra infancia fuera un cajón sin fondo en el que se esconden los instintos, pensamientos y sentimientos básicos de las personas, unos cuantos recuerdos de la mía, focalizados exclusivamente en el trato con animales, se han hecho visibles y me han solicitado a voces que los pusiera aquí para mi vergüenza. Justo es, no obstante, reconocer que no sólo, durante esos años y en todo niño, afloran los anteriormente citados, sino también muchos de desprendimiento, generosidad y bondad.

  No acabo de oírlo, pero se ha afirmado en multitud de ocasiones que nadie ha estimado, ha querido menos a los animales que quien más los necesitaba: las gentes del campo, de los pueblos. Cosa ciertamente matizable, discutible e incluso falsa. Lo que sucede es que en los cerdos, las vacas, los perros, las gallinas, los conejos, las ovejas, las cabras, etc. esas gentes lo que valoraban primordialmente era su utilidad, ya fuera como alimento o como imprescindibles elementos para la realización de las diferentes y cotidianas tareas propias del ámbito rural. Ahora bien, una cosa es eso, y otra la crueldad gratuita y perversa practicada tanto con bichos o animales considerados dañinos como con los útiles y que no sólo he visto sino colaborado en ello y de lo que me arrepiento profundamente entonando mi exclusivo yo pecador.

  -Yo me confieso a vos de haber cortado las colas a lagartijas para ver como éstas seguían moviéndose desprendidas de sus respectivos cuerpos.

  -Yo me confieso a vos de haber cazado grillos y, enfrentados, provocar y contemplar -sorprendido pero sin remordimiento alguno- cómo se entrelazaban y devoraban mutuamente.

  -Yo me confieso a vos de que, tras haber atrapado tábanos, introducirles una paja por el culo y echarlos a volar. Asimismo de haber visto practicar impasiblemente la misma operación con una rana e hincharla soplando por la paja hasta su liberadora muerte.

  -Yo me confieso a vos de haber contribuido a desliar a más de un perro y una perra que, siguiendo sus más naturales y placenteros instintos, chingaban libremente allá donde les venía bien. Incluso, por más señas, recuerdo una ocasión en la que, en la escuela de las chicas, pedí a la maestra "¿puedo ir a hacer una necesidad?" Mi necesidad no era otra que la de desliar a una pareja de perros que había visto por una de las ventanas. Y ya metidos en harina, me viene a la memoria otra en la que, hostigados por varios chicos y entre las generales risas, la pareja no podía desliarse, arrastrándose mutuamente, cada uno mirando para un lado, en un vaivén semejante al juego de estirar de la cuerda dos enfrentados grupos de chicos.

  -Yo me confieso a vos de haber colaborado, aunque con un solo estacazo, en el martirio llevado a cabo con una perra vieja del tío Leoncio, entregada a unos chicos por alguien de esa familia, para ser liquidada. Fueron tantas y de tal jaez las perrerías, que cada vez que rememoro aquel acontecimiento, me entran escalofríos. He aquí algunas de ellas.

  Puesto un bozal, atada una hojalata al rabo fue acosada y perseguida hasta casi la extenuación. Después, se la metió en un saco (no era muy grande) con un gato viejo para que se pelearan. Y arrastrándolo con la gruñente carga dentro y a golpes de palos y garrotes, se les sumergió en las aguas del Chorlón. Tras el baño y percibiendo que todavía estaban vivos, se desató el saco, se abandonó el gato medio muerto a su suerte, se ató al cuello de la perra una cuerda, y tirando de ella, a rastras y a palos se la condujo hasta el árbol más próximo, donde se la colgó entre el vaivén de garrotazos, uno de los cuales fue mío. Fue mi única contribución al martirio. Lo prometo.

  Lo curioso de tan cruel experiencia es que, una vez determinada la muerte de la perra, se la descolgó y abandonando el Morredondo o Gólgota, dejando en el suelo el inerte cuerpo, nos marchamos sin remordimientos. Mas, para nuestra morrocotuda sorpresa, al cabo de unos días y como si de Jesucristo se tratara, la perra apareció vivita y coleando, pero eso sí, con una pata, concretamente la izquierda de atrás, absolutamente inmovilizada e inútil para los restos. Murió de vieja.

  -Yo me confieso a vos de haber cumplido varias veces, dando pocas muestras de pena o lástima, las órdenes de los mayores de llevar a ahogar al Arroyo o al Chorlón las crías de perros y gatos. Y es que parían mucho y muchas, por tanto había que eliminarlas.

  -Yo me confieso a vos de haber dado la pedrada de gracia al abanto herido en un ala por sabe Dios quién y exhibido en la plaza del ayuntamiento con el pico fuertemente ligado con un alambre y que pusieron a disposición de los chicos para hacer con él lo que estimaran oportuno, que es tanto como exponerlo a ser martirizado. De este hecho creo que queda en algún cajón testimonio fotográfico. Se le corrió a palos y pedradas por todo el pueblo, hasta llegar a la esquina del huerto de mi tío Casimiro, donde perdió definitivamente su vida al acertarle yo con una piedra en plena pechuga.

  -Yo me confieso a vos de perseguir a horcazo vivo a los ratoncillos que corrían desaforadamente después de haber levantado los últimos fajos de cereales de las hacinas, bien en las piezas o en las eras.

  -Yo me confieso a vos de haber cazado con liga o con cepos pajarillos para meterlos en la jaula si cantaban o en el estómago si eran comestibles.

  -Yo me confieso a vos de haber ido a buscar nidos de aves consideradas dañinas para matar las crías o romper los huevos, lo cual no sólo era legal sino incluso pagado por el municipio. También estaba contemplada la zorra.

  -Yo me confieso a vos de haber deshecho a patadas o más suavemente los organizadísimos hormigueros y contemplar divertido el caos entre sus hacendosos habitantes.

  -Yo, en fin y en un panorámico vistazo, me confieso a vos de haber experimentado una positiva transformación a medida que me alejaba de ese trato cotidiano con el mundo animal del campo, cambiándolo por el humano de la ciudad, donde también he podido contemplar, colaborar y ser cómplice en las diarias, gratuitas y perversas crueldades llevadas a cabo por el hombre, no ya con animales, sino -lo que es mucho peor- con sus propios congéneres. Y es que, amigos míos, el hombre, en el campo o en la ciudad, demuestra ser el más cruel y perverso de los animales de la creación. No en balde se cuenta que -no recuerdo si en un zoo o en un itinerante espectáculo- encima de la cortina de una puerta podía leerse el siguiente reclamo:

  "¡Pasen y vean al más feroz y cruel de todos los animales"!

  Al entrar en el aposento, frente a la puerta aparecía un espejo.

 

 

 

El campanario

    El campanario

 

  Hoy los rescolditos de mi infancia se agazapan temerosamente entre las apelmazadas cenizas que he hallado en el suelo de la cuadrada torre de la iglesia del pueblo. Hoy, esos rescolditos reavivados por un par de suaves soplidos se asoman curiosos por entre las cuatro campanas (dos grandes y dos bastante más pequeñas) que penden majestuosas de sus respectivas melenas en dos de los lados de esa torre. Hoy, en fin, los rescolditos alumbran entre cenizas mi memoria para recordar el par de veces que, entre temeroso y curioso, subí allá arriba. Y es que, si mucho miedo tenía a pasar de noche por detrás de la iglesia donde se hallaba (dejado de la mano del hombre) el cementerio viejo, envuelto en la más absoluta oscuridad al no llegar hasta él ni un triste rayo de luz del escaso alumbrado público, tanto o más tenía a subir a la torre o campanario en cuyo tejado, contra viento, lluvia, nieve y sol, se alzaba el único nido de cigüeñas que había en el pueblo.

  Recuerdo, a propósito, que nuestros padres solían atemorizarnos diciéndonos que ni se nos ocurriera subir a la torre porque las escaleras estaban muy malas y podíamos caer al pozo del reloj en el que nos aplastarían las pesas. Con ello, miedo nos metían, pero despertar la curiosidad, también. Sin embargo, no nos advertían de ningún riesgo o peligro posible al pasar de noche por detrás de la iglesia, cosa que a mí, particularmente, me llamaba la atención, porque las veces que tuve que hacerlo solo, lo hice mirando siempre adelante y corriendo, con el corazón latiendo fuerte y aceleradamente e imaginando oír pasos y jadeos de alguien que me perseguía. Hasta que no desembocaba en la plaza del Ayuntamiento y se hacía la luz no recuperaba el resuello, la tranquilidad ni la mirada aspersiva.

  Sí, sí, efectivamente dos fueron las ocasiones en las que subí al campanario: una por Semana Santa y la otra un 14 de agosto, la víspera de la fiesta mayor del pueblo, es decir, La virgen de agosto y San Roque.

  Ambas ascensiones, realizadas en compañía de un par o de tres chicos, fueron lentas y cuidadosas. A medida que la puerta situada en la parte posterior del coro de la iglesia iba quedando atrás y la meta acercándose, el miedo daba paso casi exclusivamente a la curiosidad. En un primer descansillo, pegadas a la pared, pendían dos cuerdas que correspondían a sendas campanas que allá arriba nos esperaban.

  -No tiréis de ellas -dijo alguien-, que sonarán las campanas y llamaremos la atención.

  Vino después otro descansillo. A la izquierda, protegido por una alta barandilla, se mostró el temido hueco o "pozo" por el que descendían y ascendían las cadenas con las pesas del reloj. ¿Dónde estaba el riesgo? Como no fuera en las escaleras...

  Tras el tramo más empinado y en peor estado, accedimos, por fin, a través del vano sin puerta situado en uno de los ángulos, a la torre, en cuyo centro un agujero engullía las cuerdas de las dos campanas vistas más abajo.

  Satisfechos y espectantes miramos alrededor. En la pared en la que se hallaba la puerta descansaba la matraca que sustituía a las campanas llamando a la feligresía durante los días más señalados de la pasión de Jesucristo, apoyada por las carracas que los chicos hacíamos girar recorriendo todo el pueblo. A la izquierda de ésta pared, la única de las cuatro sin ojos, frente a la cual, estaba la que se abría al pueblo a través de dos enarcados huecos en los que lucían esplendorosas las dos grandes campanas y de las que todos nos sentíamos muy orgullosos. Frente a la pared de la puerta, la que, asomándose a la fachada de la iglesia, mostraba las dos campanas pequeñas que siempre que repicaban me sonaban a gloria.

  Pero lo que más recuerdo de aquellas dos ocasiones en las que estuve en el campanario fueron, por una parte la contradictoria sensación de pequeñez (todo se veía muy reducido desde allá arriba) y de grandeza y dominio, como si éstos tuvieran que ver con la altura a la que uno se encuentra, y por otra, la horrible sensación de vértigo, hasta tal punto que no podía acercarme de pie a los huecos de las campanas porque el abismo que se abría tiraba de mí. en consecuencia, lo hacía agatas, agarrándome al suelo para, después, mirar temerosamente por encima del pretil de aquéllos.

  Y recuerdo, ¡cómo no!, que tras la advertencia de los mozos que aquel día de la víspera de la fiesta habían subido para voltear las campanas, de que no nos pusiéramos al alcance de las mismas porque en su giro podrían arrojarnos a la calle. Y también del intento fallido de voltear una de las grandes y, en contrapartida, el demasiado rápido de las pequeñas que, a propósito, los mozos encanaban, no permitiendo que el badajo percutiera contra el metal.

  ¡Ay, las campanas! Qué de recuerdos me traen: unas alegres, repicando a fiesta o gloria, otras tristes tocando a muerto, otras convocando al vecindario a obras públicas, apagar un incendio, a comer, a la oración, a misa... ¡Cómo ha ido desapareciendo en la lejanía del tiempo vuestro lenguaje, y lo que es peor, hasta vuestro sonido! Como ya no quedan apenas personas en el pueblo, ¿quién os tañirá y a quién y para qué llamaréis?

 

 

 

miércoles, 11 de enero de 2012

Bota, porrón y botijo

  Bota, porrón y botijo

 

  En la carta de postres del restaurante barcelonés donde fui a comer este pasado fin de semana, figuraba uno típicamente catalán denominado "postre de músic", que consiste en un plato sembrado de frutos secos (Almendras, Avellanas, piñones, pasas, nueces...) acompañado, a guisa de dulce flauta, por un vasito de vino moscatel. Lo pedí y, para mi satisfacción y grata sorpresa, el moscatel venía servido en un coqueto porroncito que parecía de juguete.

  A medida que éste iba vaciándose en la gratificante labor de riego de los frutos secos con finos y cortos chorritos, mi mirada e imaginación fueron captadas por el liso y transparente cristal, pero no para vislumbrar a través del mismo ni un tantito así de mi futuro, sino para sumergirme por completo en las nítidas imágenes de un lejano pasado en el que cobraban especial protagonismo esos tres recipientes tan útiles y entrañablemente presentes en la vida familiar y del pueblo: bota, porrón y botijo.

  Estos tres recipientes, mitigadores de la sed y estimuladores del ánimo a distancia, tenían sus lugares respectivos en la amplia cocina (pieza fundamental en la vida del hogar) desde los cuales, de mano en mano, viajaban de acá para allá derramando su gracia sin vasos ni copas que ensuciar y, por consiguiente, sin tenerlos que fregar.

  Allí, pues, en la cocina, colgada en la parte posterior de la puerta, vi a esa alegre, erótica e impenitente viajera de piel suave que, escurrida, a medias o en plenitud, siempre invitaba al apretón y la caricia: la bota. Esperaba impaciente que su dueño la cargara al hombro o la introdujera, junto a la amiga fiambrera, en el acogedor refugio de un morral o de unas balanceantes alforjas para ejercer, a tiempo completo y entregando hasta la última gota, de compañera, de "secretaria" de pastores, labradores y arrieros, solidariamente compartida con cualquiera que, en distendida charla, se sintiera inclinado a apretar, acariciar y, por fin, saborear el refrescante y a la vez cálido néctar expelido a presión por ese desenroscado botoncito situado en la cúspide de tan manoseado cuerpo.

  Mientras tanto, en una hornacina cubierta por una cortinita y situada a la derecha del hogar, durante la noche dormía ese delicado y elegante señor: el porrón. Era la antítesis de la bota: hogareño por excelencia, odiaba salir de casa: como mucho (debidamente protegidos sus orificios, sobre todo el de entrada) se aventuraba hasta el poyo ubicado en la parte delantera de la misma. No obstante, también como su prima la bota, desde su sitio favorito (el centro de la mesa) o allá donde se encontrara, se ofrecía generosa y solidariamente a cualquier visitante, pues un trago de vino no se le niega a nadie, ni a tu peor enemigo.

  Con nosotros tenía una buena relación, ya que con él practicábamos desde renacuajos el beber a distancia, apurando a escondidas los restos de vino, o bien con agua. y Con agua, precisamente, solíamos jugar a ver quién era capaz de beber ininterrupidamente y a distancia, claro, mientras recitábamos en voz alta una coplilla de autor desconocido y que decía así:

La Concona, la Mayona, Herreritos y Abejar; Molinitos, Salduerito, Covaleda y Quintanar.

  En el portal, a la  izquierda de la puerta de la cocina, o en esta misma junto a la cantarera, se mostraba ese orondo, rechoncho y simpático recipiente amigo de todos: el botijo. ¡Cuántas veces he tenido que ir a llenarlo a la fuente! Con su boca y pitorro convenientemente tapados para impedir el acceso a su abultado vientre de bichitos nocivos, viajaba lo suyo, aunque no tanto como su prima la bota, y lo hacía exclusivamente en el verano (no precisamente de vacaciones) hasta la sombra de una hacina en las eras y a la de un árbol mientras se segaba. Muchas, muchas veces los chicos, más por pasar el rato que por ganas de beber, cortábamos una caña de trigo, cebada o centeno y a través de ella, introduciéndola por el pitorro o por la boca, absorber la fresca agua. ¡Ah! Alguna que otra vez intentamos cantar la anteriormente citada coplilla bebiendo con el botijo; pero los resultados fueron desastrosos: agua expulsada cual surtidor por la boca y hasta por las narices.

  Ahora, ni en la ciudad ni en el pueblo, ni en la cocina ni en el comedor, ni en ninguna parte de la casa hay ninguno de estos tres recipientes. ¿Por qué? Porque no los quiero como elementos decorativos, porque no deseo verlos envejecer ávidos de caricias y porque no me da la gana de que, chorreándome en soledad, se evaporen sus líquidos antes de llegar a mis labios.

 

 

 
 

martes, 3 de enero de 2012

Vuelos de Conocimiento y Reconocimiento

  Vuelos de Conocimiento y Reconocimiento

 

  ¿Dónde estaban y a qué se dedicaban aquel día los demás de la familia? ¡Sabe Dios! Yo, con mi madre, iniciando otro vuelo más de conocimiento y reconocimiento camino de la poza arriba, pasando por las eras de nuestro barrio, dejando atrás la cruz (a la izquierda el cementerio) hasta llegar a un chozo de pastor medio derruido y situado en lo alto de una pequeña ladera que descendía hasta el cauce o lecho de uno de los arroyos, regatos o torrenteras por los que discurrían hasta el pantano las aguas procedentes del deshielo de las endurecidas nieves invernales de la cercana Cuesta, pero que durante el verano estaban prácticamente secos. ¿Que íbamos a hacer nosotros allí? Simplemente vigilar que ninguna vaca del ganado del pueblo, encerrado más abajo en el alambrado del Ejido , decidiera aventurarse por aquella zona (que yo pisaba por primera vez ) y que libre de tal barrera, le posibilitaba ascender hasta el Reajo y un poco más arriba, a la carretera.

  En tanto que mi madre buscaba el punto más adecuado donde establecer su centro de operaciones, yo regresé hasta el chozo, en el que, por supuesto, entré a pesar de sus insistentes recomendaciones de no hacerlo, porque, dado el estado ruinoso del mismo, existía el riesgo de que se derrumbara y me pillase debajo o que alguna culebra o cualquier otro peligroso bicho escondido dentro no tuviera otra cosa mejor que hacer que causarme algún daño. Pero ni uno solo vi ni el techo se me vino encima.

  Al principio, con cierto temor, miré desde el hueco de la puerta. La luz que se filtraba por entre las numerosas grietas del armazón de palos, cañas y ramas con que estaba construido, permitía ver el interior con bastante claridad.

  "¡Bah!, exclamé; pero si no hay nada".

  Después, por si se me hubiera escapado algún detalle, penetré en aquel redondeado y reducido espacio y deslicé una atenta mirada en derredor. ¡Nada, ni una triste piedra para sentarse! ¡A saber cuándo habría prestado refugio por última vez a alguna persona! Seguramente, años. Al no ver ningún agujero redondo en lo que podría llamarse techo, ni vestigios de piedras a modo de hogar, ni un sólo indicio de haberse encendido fuego, pensé que aquel chozo sin alma se habría construido fundamentalmente para refugio en días de lluvia o tormentas. Pero, ¡por qué estaba dejado de la mano de Dios y del hombre si seguía lloviendo y habiendo tormentas?

  Lo abandoné sin más y me dirigí donde estaba mi madre, a la que hallé sentada en un pintiparado tronco que por allí había encontrado. Sobre una mantita extendida en el suelo estaban diseminados, no precisamente alimentos, sino utensilios de costura, un ovillo de lana, retales y algunas prendas de vestir, extraídas de la cesta o capazo que había acarreado desde casa sin que yo la hubiera interrogado acerca de su contenido. Evidentemente, como tantas y tantas mujeres de aquellos tiempos y aquellos pueblos de España que cobijaban bajo sus alas a varios polluelos en régimen de algo más que parecido a la economía de subsistencia, robaba tiempo al tiempo y multiplicaba esfuerzos y recursos.

  Mientras ella zurcía, cosía, hacía punto, y además vigilaba, yo saltaba de acá para allá cual cabra loca, fijando en mi memoria el nuevo paraje del pueblo y liado a pedradas con pájaros o cualquier bicho que se atravesara en mis cortos vuelos. Porque, efectivamente, no me alejaba demasiado de ella. Y es que, durante los casi nueve años en que fui acumulando imágenes de gentes y paisajes de mi pueblo, era como un pajarito que, acompañado de otros, iguales o mayores, volaba en cualquier dirección, ampliando un poco más cada día ese radio cuyo punto de partida era nuestro nido familiar y cuya circunferencia iba haciéndose más y más grande y mejor conocida. Sin embargo, bastantes lugares quedaron sin registrar, pero no así los rostros de todos y cada uno de los habitantes del pueblo que, por  no ser muchos, cabían holgadamente en mi memoria en vías de desarrollo .

  La última persona que conocí fue el tío Juan El Palomo. La imagen que guardo es la de un señor muy mayor (o al menos eso me pareció) que no recordaba haber visto nunca por el pueblo. Tenía unas largas barbas de chivo que metían miedo y cubría las espaldas con una manta de esas que solían llevar los pastores La tarde que lo divisé desde lejos doblar la esquina y dirigirse decididamente hacia la casa de la tía "Vitorina", que según me desvelaron mis padres poco después, era su mujer.

  ¡Qué esclava vida la del pastor de aquellos tiempos! El tío Juan, como tantos otros pastores, en soledad apacentaba día tras día sus ovejas, las cuales de domingos y días de fiesta nunca han sabido ni entendido; por tanto, al campo cada día y a casa cada noche. ¿Cómo iba yo a conocerlo si no se había cruzado conmigo en ninguno de mis cortos vuelos por el pueblo y sus términos?

  Y termino ya. Aquel día volví solo a casa. En una de esas idas y vueltas, observé cómo mi madre recogía apresuradamente la costura, la guardaba y se dirigía hacia una vaca que, seguida de su ternerito, pretendía cruzar el paso vedado. Me preguntó a gritos si sabía regresar solo a casa. Respondí muy seguro que sí y, entonces, me ordenó:

  -Anda, vete corriendo ahora mismo a casa. Yo llevo la vaca y el ternero al ganado y desde allí me iré también, que ya es tarde.

  No me lo hice repetir. Archivados paraje y camino,, emprendí el regreso al nido.

 

 
 
 

viernes, 30 de diciembre de 2011

Despierta, tito

  Despierta, Tito

 

  Anda, Tito, despierta, que te estás quedando congelado. Es hora ya de que vayas abriendo camino por entre esas espesas y oscuras nubes que pretenden quedarse a vivir en tu mente, y busques el sol de cada día y, removiendo las cenizas de tu lumbre vital, eches mano del fuelle y, con cuidado, con mucho cuidado de no excamparlas, soples para reavivar algunos de tus ocultos rescolditos y así puedas calentarte y calentar, iluminarte e iluminar por qué no, a algún incauto navegante perdido en el ciberespacio.

  ¿Ves? Ya parece que entra un poquito de luz y que se caldea el ambiente.: no en balde te ves en la cocina de casa sentado en aquel banco de madera con su respaldo y todo delante de la lumbre. Acabas de llegar de "Quijiares" con tu padre. Habéis ido, por lo que recuerdas, a localizar los enebros que os han tocado en el reparto de la leña que cada año se realiza para eso: para calentar y, por supuesto, para cocinar.

  Habéis llegado con el prío metido hasta en los más ocultos pensamientos y nieve y más nieve en los ojos. Porque sí, sí; había nevado bastante durante la noche; sin embargo, eso no supuso en absoluto ningún osbtáculo para que, voluntariamente, te brindaras a acompañar a tu padre, y eso que los dichosos enebros estaban lejos del pueblo, cosa que se te advirtió repetidas veces.

  Bien abrigado y con botas de goma hasta media pierna, habías iniciado la larga marcha más alegre que unas pascuas. Recuerdas que cuando subíais por el camino de la Cuesta, tú te adelantabas un buen trecho a tu padre y con dos dedos hacías marcas en la inmaculada nieve, simulando pisadas de liebre, y regresando hasta él, se lo comunicabas con gritos y gestos de sorpresa con la esperanza o ilusión de que se lo creyera. Como no picaba, pronto te cansaste del jueguecito y, cómo no, también de esa larga marcha y más, sobre todo porque dado el espesor de la capa de nieve, ésta se te iba introduciendo en las botas con el consiguiente y progresivo enfriamiento de los pies.

  Tienes perfectamente grabados en tu mente los momentos en los que tu padre buscaba entre los enebros marcados aquellos que se correspondían con los números que le habían caído en suerte y cuya marcación Había sido realizada a lápiz en un espacio del tronco convenientemente alisado por un diestro tajo de hacha.

  Afortunadamente para tí, el proceso fue rápido. Cual perrito faldero, fuiste persiguiendo a tu padre durante el corto recorrido, oyéndole murmurar, más para sí mismo que para tu información, su conformidad con el lote, hasta que, Por fin, oíste la anhelada frase: "Vámonos ya para casa".

  Entonces te atravesó todo el cuerpo la cálida sensación de verte ya gozando del maravilloso calor del hogar, al que llegaste corriendo, cual liebre perseguida por una jauría de galgos o podencos, a pesar de que casi no sentías los pies.

  Todavía te recuerdas sentado frente a la lumbre intentándote quitar las botas (lo hizo tu madre por ti), poniendo las manos y pies que no sentías cerca de las amorosas llamas que los volverían a la vida, previo paso por aquellos escozores que, desde los siete u ocho años que por entonces tenías, perduran aún diáfanos en tu memoria.