lunes, 13 de enero de 2025

Herreros en la película Doctor Zhivago

  Herreros en la película Doctor Zhivago

 

  Hoy, si alguien tiene ganas, tiempo y paciencia, le invito a leer un libro de más de 600 páginas y ver una película que supera las 3 horas de duración.

  A buen seguro, todas y todos los que leáis estas líneas habréis oído hablar de la película titulada Doctor Zhivago. Pues bien, esta película está basada en la novela del mismo título, escrita en 1957 por Boris Pasternak (poeta, novelista y traductor ruso) nacido en 1890 y fallecido el año 1960

y que fuera galardonado con el Premio Nobel de literatura en 1958. La novela fue considerada anticomunista por el gobierno de la Unión Soviética, el cual, por tal motivo y con amenazas, le obligó a renunciar al citado premio.

  La película, dirigida por David Lean, apareció en las carteleras en 1965. Había sido rodada en Finlandia y, principalmente, en España: Madrid, Soria, Salamanca y Granada; .

  En Soria se rodaron prácticamente todos los exteriores, empleando para ello las líneas de ferrocarril que por entonces estaban en uso. Se rodaron escenas ferroviarias en los siguientes escenarios:

Estación de Soria-Cañuelo

Candilichera (Campo de Gómara)

Villaseca de Arciel (Campo de Gómara)

Navaleno (Pinar Grande)

Villar del Campo

Yanguas

Matamala de Almazán.

  Salido de la gran fototeca del amigo Javier Pío, cierto día me llegó un fotograma de la famosa película que fue tomado en la clausurada línea férrea Santander - Mediterráneo. La imagen en concreto, con su bella puesta de sol, está localizada e inmortalizada en el trayecto Cidones -Abejar. ¿Qué maravilloso pueblo se encuentra en medio de dicho trayecto y que cuenta también con su estación de ferrocarril? Habéis acertado, sí, señor: Herreros! Desde entonces puede decirse, aunque sea por un simple fotograma, que es un pueblo de película.

  Como, además y en segundo término, también está la fotografía de la estación, realizada en el verano de 1984, demos rienda a nuestra peliculera imaginación con más de realidad que ficción. Trasladémonos, ahora, a un día de verano de 1964. Sentadas frente al andén en esa especie de traviesa que une los dos ciruelos que hay en ella, cuatro o cinco personas esperan la llegada del tren que, si bien suele hacerlo con retraso, afortunadamente no es el famoso tren-correo de Galicia que solo llegó un día con puntualidad a Madrid porque se retrasó 24 horas. Una de las personas (seguramente la más impaciente) se levanta, se aproxima al andén, mira hacia la derecha y, después de observar unos segundos, anuncia:

  -Ya viene. Ya asoma por la curva de Abejar.

    Subimos, por fin, al tren que circula por esa inacabada línea Santander-Mediterráneo, cuyo primer viaje oficial data del día 25 de enero de 1929 y el último del 31 de diciembre de 1984. Al llegar a la estación de Soria- Cañuelo, la sorpresa de viajeras y viajeros es enorme: la habían vestido artificialmente de blanco, y es que el tiempo, a veces juega malas pasadas. Por lo visto aquel año se empeñó en no nevar. Y yo, ahora, me empeño en que sigamos haciendo trabajar a la imaginación. ¿Se acuerda alguien, de pequeñito, claro, aprovechando las horas en que no pasaba ningún tren, ver cuánto aguantaba caminando sobre uno de los raíles sin descarrilar? ¿Poner una moneda de cinco céntimos (perra chica) o en el colmo del despilfarro una de diez céntimos (perra gorda) en los raíles y ver cómo la dejaba el monstruo a su paso? O, ¿colocando una de esas pequeñas piedras calizas que había al lado de los raíles, comprobar que las ruedas del bicho la deshacían mejor que cualquier molino los granos de los cereales?

  Ahora, de esa línea, convertida en Vía Verde, solo quedan los recuerdos y en ellos y en la imaginación, aquellos famosos rótulos modificados y actualizados:

Paso sin tren.

¡Ojo al guarda!

¡Atención al tren del progreso! 

 

  C. A. v.

 

 

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Marcela, ¿la loca?

  Marcela, ¿la loca?

 

  Por la pasarela de las páginas del libro que sobre Herreros, mi pueblo, escribió Jesús Gaspar Alcubilla, desfilan, vestidas con los típicos trajes del recuerdo, un conjunto de personas que, bien directamente o bien por referencias,  viven en ese rinconcito de mi memoria chaveta. Una de ellas es la Marcela (hermana del tío Felipe el alguacil, sacristán y yo qué sé cuántas cosas, y también de la tía María la Roma) de la que, además de lo que allí se dice, avivando los rescolditos de mi infancia, adolescencia y algo más, me apetece agregar alguna otra cosilla.

  Lamentablemente, Las personas, en demasiados casos, sacamos a pasear nuestro poquito de perversidad e incluso de crueldad colgando etiquetas, apodos o alias que reflejan casi siempre algún aspecto negativo de la persona a quienes nos referimos. Basta que se aparte algo del rebaño o ser un tanto excéntrica, ya sea en el vestir como en su comportamiento,  para tildarla de "loca, "ida" o cualquier otro adjetivo peyorativo o negativo en lugar de resaltar lo positivo.

  En el caso de la Marcela que, efectivamente, solía gritar aquello de "¡viva Franco! ¡Arriba España! -otros muchos también lo hacían jodiendo, encima y de verdad, al prójimo- yo destacaría que era una persona instruída, culta. Aparte de que tenía el buen hábito de leer todo aquello cuanto caía en sus manos, también poseía el de escribir. A mí me leyó un poema que había dedicado a las cigüeñas y que me sonó muy bien. Incluso, tengo el vago recuerdo de que se lo habían publicado, quizá en el Hogar y Pueblo o en el Campo soriano.

  ¡Cuántos poemas escribiría en la soledad de las dos o tres diferentes casas del pueblo en las que habitó por la gracia de Dios o de quien fuera! ¡Y en qué lumbre se convertirían, lamentablemente, en humo y en cenizas!

  Y como murió en la más absoluta soledad, nadie supo si antes de subir al último tren murmuró: ¡Viva Franco! ¡Arriba España!, no tanto por ser hija de militar y servir en casa de militar, sino por la miserable pensión que a lo mejor el régimen le había concedido.

  Yo más me inclino por creer que su última palabra sería: A-Ve-ma-rí-a que, según solía decir, eran los nombres de los cinco olmos de la ermita de la Soledad. Nadie puede discutirle que sabía dividir perfectamente las palabras por sílabas.

  Marcela: Contágianos esa alegría tuya y que, como tú, al mal tiempo pongamos buena cara y una radiante sonrisa.

 

  C. A. v.

 

sábado, 4 de abril de 2020

El cartero

  El cartero

 

  Mientras tomaba el cafetito de media mañana con la mente en estado de calma chocha, una ligera brisa musical empujó hasta la orilla de mis recuerdos la intimista voz de Georges Moustaki, interpretando uno de los temas de un maravilloso disco titulado, genéricamente, Le Métèque y que forma parte de la intransferible banda sonora de mi vida.

  Como si la susurrante voz del cantautor me recomendara: "douzement, mon ami", bebo a sorbitos de pájaro el café, me recreo en alguna de las escenas que me recuerdan las canciones del disco y, por fin, lo busco en mi musicoteca cibernética y lo reproduzco según el orden establecido en el mismo.

  Cuando, tras las introductorias notas desgranadas por la guitarra y una deliciosa voz femenina cantando de fondo, Moustaki recitaba: "Le jeune facteur est mort, il n'avais que dix-sept ans..." el timbre del interfono irrumpe groseramente en la cálida y mágica atmósfera vivencial.

  Con manifiesto fastidio, me incorporo y "douzement" voy hasta la puerta y descuelgo el auricular.

  -¿Sííí? ¿Quién es? -pregunto.

  -Correo comercial -informa una voz desde abajo.

  No puedo reprimir un ¡mierda!, mientras cuelgo al constatar que otras voces del edificio contestan también al repartidor publicitario que cual acordeonista ha deslizado sus dedos por una de las filas de botones del panel presionándolos.

  Regreso al sillón; pero los hilos mágicos ya han sido cortados y, aunque Moustaki y la dulce voz femenina siguen rindiendo homenaje al joven cartero muerto, mis recuerdos ligados a la canción se desvanecen. Intento recuperarlos reproduciéndola desde el principio. No, ya no es lo mismo. Mis pensamientos buscan acomodo en otros parajes.

  De súbito, coincidiendo con el último acorde, vuelve a sonar el interfono. Dejo que el disco siga su curso en tanto que, ahora más rápido, me dirijo a la puerta. Descuelgo y con tono desabrido -agresivo diría más bien- respondo:

  -¿Quién eees?

  -Correos, el cartero.

  Pulso el botón, cuelgo, y mientras parsimoniosamente retorno al cómodo sillón, por esas extrañas correlaciones o escondidas invocaciones, venida del más allá la voz de un amigo rasga mi habitáculo mental con una relampagueante frase: Está más sudado que calcetín de cartero rural.

  Quedo prendido en ella. Me acerco a la mortecina lumbre de mis recuerdos, remuevo las cenizas con las largas tenazas de la memoria y atrapo una pequeña ascua cargada de cartas, postales, esquelas, periódicos...

  Si el dicho se hizo proverbial, sería -digo yo- bien porque el único cartero de cualquier pueblo bastante grande se lo pateaba de arriba abajo repartiendo la correspondencia, o bien porque, recogida en la estación donde se detuviera el medio de transporte que la llevara, había de repartirla "a patita" por varios de los pueblos de la zona, con lo que estaba garantizado que en su diario deambular con su clásicas gorra y cartera sudaría el calcetín hasta acartonar la suela. Sin embargo, en mi infancia, adolescencia y aun en algunos de los años de la juventud, el cartero de mi pueblo, el Tino (que así se llamaba) poco lo sudó, y es que mi pueblo era tan pequeño -ahora lo es mucho más, en habitantes, se entiende- que podía llevar los mismos calcetines varios días sin que se acartonaran.

  No tenía el Tino, precisamente, 17 años. Bajo, calvo y con tres hijos, me parece estar viéndolo, sin gorra ni uniforme especial, recorrer ordenadamente el pueblo, llevando en su cartera las cartas de los mozos que, en Africa o cualquiera de las provincias de España, hacían la mili; las de hijas, hijos u otros familiares, integrantes de la diáspora laboral que incluía el extranjero (fundamentalmente Francia, Alemania y la Argentina); las de amor -que alguna, habría, supongo yo... y esas que a mí tanto me llamaban la atención y que encogían el alma: las ribeteadas de negro.

  ¡Con qué ilusión esperaba yo su llegada en mis períodos vacacionales! ¿Por qué? Porque el intercambio con los amigos del colegio era frecuente, y más tarde, con algunos de esos intensos e idealizados amores adolescentes. Y aquella vez, en la que sin encomendarme ni a Dios ni al diablo -tendría yo 13 o 14 años- solicité (por carta y en Braille, naturalmente) a la imprenta de Barcelona los cuentos de los hermanos Grimm. ¡Qué putada, Tino! En aquella ocasión tuviste que transportar los ocho gruesos volúmenes en Braille desde la estación del ferrocarril. Estoy convencido de que fui el primero en tu reparto. Probablemente, ese día sería uno de los que más sudaste -era verano- por lo cual los calcetines, si no acartonados, al menos sudados sí que lo estarían.