domingo, 29 de diciembre de 2013

El campanario

    El campanario

 

  Hoy los rescolditos de mi infancia se agazapan temerosamente entre las apelmazadas cenizas que he hallado en el suelo de la cuadrada torre de la iglesia del pueblo. Hoy, esos rescolditos reavivados por un par de suaves soplidos se asoman curiosos por entre las cuatro campanas (dos grandes y dos bastante más pequeñas) que penden majestuosas de sus respectivas melenas en dos de los lados de esa torre. Hoy, en fin, los rescolditos alumbran entre cenizas mi memoria para recordar el par de veces que, entre temeroso y curioso, subí allá arriba. Y es que, si mucho miedo tenía a pasar de noche por detrás de la iglesia donde se hallaba (dejado de la mano del hombre) el cementerio viejo, envuelto en la más absoluta oscuridad al no llegar hasta él ni un triste rayo de luz del escaso alumbrado público, tanto o más tenía a subir a la torre o campanario en cuyo tejado, contra viento, lluvia, nieve y sol, se alzaba el único nido de cigüeñas que había en el pueblo.

  Recuerdo, a propósito, que nuestros padres solían atemorizarnos diciéndonos que ni se nos ocurriera subir a la torre porque las escaleras estaban muy malas y podíamos caer al pozo del reloj en el que nos aplastarían las pesas. Con ello, miedo nos metían, pero despertar la curiosidad, también. Sin embargo, no nos advertían de ningún riesgo o peligro posible al pasar de noche por detrás de la iglesia, cosa que a mí, particularmente, me llamaba la atención, porque las veces que tuve que hacerlo solo, lo hice mirando siempre adelante y corriendo, con el corazón latiendo fuerte y aceleradamente e imaginando oír pasos y jadeos de alguien que me perseguía. Hasta que no desembocaba en la plaza del Ayuntamiento y se hacía la luz no recuperaba el resuello, la tranquilidad ni la mirada aspersiva.

  Sí, sí, efectivamente dos fueron las ocasiones en las que subí al campanario: una por Semana Santa y la otra un 14 de agosto, la víspera de la fiesta mayor del pueblo, es decir, La virgen de agosto y San Roque.

  Ambas ascensiones, realizadas en compañía de un par o de tres chicos, fueron lentas y cuidadosas. A medida que la puerta situada en la parte posterior del coro de la iglesia iba quedando atrás y la meta acercándose, el miedo daba paso casi exclusivamente a la curiosidad. En un primer descansillo, pegadas a la pared, pendían dos cuerdas que correspondían a sendas campanas que allá arriba nos esperaban.

  -No tiréis de ellas -dijo alguien-, que sonarán las campanas y llamaremos la atención.

  Vino después otro descansillo. A la izquierda, protegido por una alta barandilla, se mostró el temido hueco o "pozo" por el que descendían y ascendían las cadenas con las pesas del reloj. ¿Dónde estaba el riesgo? Como no fuera en las escaleras...

  Tras el tramo más empinado y en peor estado, accedimos, por fin, a través del vano sin puerta situado en uno de los ángulos, a la torre, en cuyo centro un agujero engullía las cuerdas de las dos campanas vistas más abajo.

  Satisfechos y espectantes miramos alrededor. En la pared en la que se hallaba la puerta descansaba la matraca que sustituía a las campanas llamando a la feligresía durante los días más señalados de la pasión de Jesucristo, apoyada por las carracas que los chicos hacíamos girar recorriendo todo el pueblo. A la izquierda de ésta pared, la única de las cuatro sin ojos, frente a la cual, estaba la que se abría al pueblo a través de dos enarcados huecos en los que lucían esplendorosas las dos grandes campanas y de las que todos nos sentíamos muy orgullosos. Frente a la pared de la puerta, la que, asomándose a la fachada de la iglesia, mostraba las dos campanas pequeñas que siempre que repicaban me sonaban a gloria.

  Pero lo que más recuerdo de aquellas dos ocasiones en las que estuve en el campanario fueron, por una parte la contradictoria sensación de pequeñez (todo se veía muy reducido desde allá arriba) y de grandeza y dominio, como si éstos tuvieran que ver con la altura a la que uno se encuentra, y por otra, la horrible sensación de vértigo, hasta tal punto que no podía acercarme de pie a los huecos de las campanas porque el abismo que se abría tiraba de mí. en consecuencia, lo hacía agatas, agarrándome al suelo para, después, mirar temerosamente por encima del pretil de aquéllos.

  Y recuerdo, ¡cómo no!, que tras la advertencia de los mozos que aquel día de la víspera de la fiesta habían subido para voltear las campanas, de que no nos pusiéramos al alcance de las mismas porque en su giro podrían arrojarnos a la calle. Y también del intento fallido de voltear una de las grandes y, en contrapartida, el demasiado rápido de las pequeñas que, a propósito, los mozos encanaban, no permitiendo que el badajo percutiera contra el metal.

  ¡Ay, las campanas! Qué de recuerdos me traen: unas alegres, repicando a fiesta o gloria, otras tristes tocando a muerto, otras convocando al vecindario a obras públicas, apagar un incendio, a comer, a la oración, a misa... ¡Cómo ha ido desapareciendo en la lejanía del tiempo vuestro lenguaje, y lo que es peor, hasta vuestro sonido! Como ya no quedan apenas personas en el pueblo, ¿quién os tañirá y a quién y para qué llamaréis?

 

 

 

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