miércoles, 4 de septiembre de 2019

Yo, el blasfemador

  Yo, el blasfemador

 

  Andaba yo esta mañana removiendo las cenizas en busca de alguna residual y mortecina ascuita, cuando el demonio, emergiendo entre unas cuantas que tímidamente chispeaban vestidas de rojo, juraba y blasfemaba a mi oído, no en hebreo, sino en un perfecto castellano: cagüen Di..., cagüen la Hos..., cagüen el Co... ¿Qué le pasará a este¿, pensé. Pues nada, que me imitaba y se reía socarronamente de cuando yo era un renacuajo.

  Sí, sí, en aquellos tiempos yo juraba y blasfemaba con tal gracia y salero, cual excelente carretero, pastor o labrador en este campo, que las niñas e incluso algunos viejos con los que me llevaba estupendamente solían pedirme: Jura, Carlos; jura, chiquito. Y yo juraba. Anda que si hubiera tenido y podido, claro, que pagar las multas estipuladas por ello, según recuerdo haber leído en algún texto religioso de estudio, el cielo estaría, a buen seguro, enladrillado por las 30 célebres monedas de plata (de la que cagó' la gata) multiplicadas por 70 veces 7 más de las que cobrara Judas Iscariote que, por cierto, mató a su madre con una vara y a su padre con un garrote, y aún pensaba que no era nada, que coreaban los chicos en el pueblo el 28 de octubre. En otra ocasión hablaré de esto.

  Precisamente este verano, la Chon, unos 8 años mayor que yo, hurgando entre las cenizas de nuestralumbre vital, me recordaba lo trasto, pero a la vez simpático, que yo era. Recordé, entonces, lo que me querían algunos viejos, por ejemplo, el tío Marcelino que, como yo había nacido el 4 de diciembre, solía decir que en lugar de Carlos me tenían que haber llamado Bárbaro, o el tío Félix, familiar de ella, que sonriendo pícaramente, me pedía: "No jures tanto chaval" -agregando algo más que no logro recordar.

  Yo disponía de un amplio repertorio extraído, evidentemente, de las exclamaciones, siempre relacionadas con lo divino, que soltaban aquellos duros hombres en su trato diario con los animales que, a veces, se rebelaban contra ellos.

  No, no, nunca me cagué en los apóstoles por orden alfabético, ni tampoco en los hijos de Jacob, pero sí en la Hostia, que enfatizaba y completaba con la más expresiva, Consagrada. Al Copón le añadía, Bendito, a la Virgen, que siempre era la del Pilar -supongo que por aquello de que el acento agudo es más contundente- agregaba, de Zaragoza, para que no cupiera duda alguna. Pero a veces, convocaba a la Corte Celestial y me cagaba en la Procesión Divina.

  Y es que en el pueblo cada día era un cursillo acelerado, e incluso de reciclaje. Me viene a la memoria cierta ocasión en que a mi padre se le escaparon las vacas. Exhibió tal repertorio, que si el cielo no hubiera respondido a tales rogativas imprecaciones -eso sí, con el mazo dando- yo estaría convencido de la no existencia de Dios. Y aquella vez en que desde casa y a cubierto, mientras jarreaba de lo lindo, oí pasar por la calle a Benito el Matraco bajando a todos los santos del cielo, expresión que incluí, desde entonces en mi acervo exppresivo.

  Ahora bien, el que juraba, a mi juicio, desplegando una amplia gama de juramentos y blasfemias, con la mayor y mejor musicalidad que yo escuchara, era el Juan Pedro, que años después protagonizó un hechohilarante por demás, al menos para mí, en lo tocante a la especialidad de la que estoy hablando.

  Se encontraba el buen hombre ingresado en una clínica. No sé si la cuestión se produjo antes o después de ser operado de apendicitis, llamada por el pueblo antiguamente "cólico miserere", el hecho es que una monja le dijo:

  -Si tiene dolores, apriete este botón, que vendremos de inmediato.

  A los pocos minutos, le sobrevino un agudo dolor. Siguiendo las instrucciones, pulsó el botón. Como nadie acudía y el dolor aumentaba, comenzó a retorcerse en la cama exclamando:

  -¡Me cagüen Dios, Me cagüen Dios!

    Y Dios se apiadó -no podía ser de otra manera ante tal invocación. Se personó la monja con un recrujir de almidones y bamboleo de rosarios y demás zarandajas. Al abrir la puerta y oír cómo reclamaba a Dios nuestro Señor el buen Juan Pedro, que reunía en su nombre a dos de los más destacados apóstoles, se escandalizó:

  -Pero, ¿qué está diciendo usted, hombre?

  Y él, entonces, completó:

  -¡Y en la Viiirgen, tambiééén!

  ¡Ay, Dios mío!, después de tantos años, te pido perdón, Señor. No sabía lo que hacía.

  Ahora, sin embargo, sí sé que, por aquí me ando y continúo sin saber lo que hago invocando a los cinco Dioses en que creía mi padre: Dios, Rediós, Cristo, Recristo y Jesucristo.

 

 

 

 

Anda, pincha aquí que no duele:

www.alamordelalumbre.es.tl

 

Tente tú, que yo me caigo

  Tente tú, que yo me caigo

 

  Cuando por unas u otras razones dejas que las ascuas vayan consumiéndose por inanición (porque ni ganas de removerlas ni de soplar tienes) las cenizas todo lo cubren y los rescolditos corren el riesgo de extinguirse para siempre. Sin embargo, mientras uno respira, ese aire que exhalas puede hacer el milagro. Y ese milagro se ha producido.

  Calmadas, al menos de momento, las tormentas interiores, el pensamiento bulle, los recuerdos emergen y, desplegando su larga y multicolor cola, me hacen volar hasta la cocina de casa donde, al entrar después de venir de la escuela, hallo a mis dos hermanos pequeños, Cipri y Ángel, con las espaldas pegadas, los brazos entrelazados, y mientras el primero carga a su espalda al segundo, le pregunta:

  -¡Dónde estás?

  - En tabletas – Responde el otro.

  -¿Qué has comido?

  -Pan y setas.

  -¿Qué has bebido?

  -Agua de mayo.

  -Tente tú,

que yo me caigo.

  Entonces, Ángel carga a su espalda a Cipri repitiéndose el mismo diálogo, pero iniciándolo el primero.

  Ambos aguantan bien el peso. Después de unos cuantos vaivenes, intervengo:

  Yo también quiero jugar.

  Primero lo hago con Cipri, que a duras penas puede cargarme a su espalda. Lo intento después con ángel que se ringa hasta casi dar con los morros en tierra. Peso demasiado para él.

  Descansamos del juego, y desde la altura del presente y de muchos más años, me pregunto:

 -¿Y para qué servía ese juego? ¿Para ir preparando las espaldas que más pronto que tarde cqargarían algún que otro saco? ¿Para fortalecer y flexibilizar los músculos? ¿Para mostrar y demostrarse las fuerzas? ¿Para reírse un rato si la esmorritada se producía? ¡A saber!

  Lo que sí sé ahora, y si no lo sé me lo invento, es que, respondiéndome a la pregunta de que ¿por qué agua de mayo? Sencillamente porque en el campo abril y mayo son meses en los que la lluvia es fundamental para que las plantaciones de gramíneas (básicamente, cereales) y los árboles frutales florezcan con su mayor esplendor. Si hay suficiente lluvia en esos meses, normalmente se asegura una buena cosecha que nos dará alimento hasta el próximo año. Por eso es tan importante y tan necesario que llueva en mayo.

  Regreso de nuevo a la cocina de mis recuerdos. Me mantengo al margen. Los dos hermanos pequeños se enfrascan ahora en otro jueguecito. Ahora se ponen frente a frente, y Cipri recita:

  -Yo soy el gallo

Y tú la gallina,

Yo como salvado

Y tú harina,

¿Empezamos a soplidos?

Y comienzan a soplarse a la cara con toda la fuerza de que son capaces. Uno, al final se ríe tanto, que deja de soplar.

  -¡Has perdido! –grita el otro.

  Perfecto; bonita manera de ampliar la capacidad pulmonar y desplegar el fuelle para hacer sonar el tubo o cuerno llamando a los vecinos para llevar las cabras a la plaza de San Sebastián al rebaño comunal que andará de acá para allá buscando el alimento diario.

    Y diariamente alimentamos los recuerdos en busca de aquellos años que, en un juego de espejos, nos permitan con engaños, con deformaciones, la mentira piadosa de creer que tenemos de nuevo toda una vida por delante.

 

domingo, 29 de diciembre de 2013

Yo me confieso a vos

  Yo me confieso a vos

 

  Acabo de oír hace un ratito por enésima vez aquello de que los niños son muy crueles y, por añadidura, egoístas. Inmediatamente, como si nuestra infancia fuera un cajón sin fondo en el que se esconden los instintos, pensamientos y sentimientos básicos de las personas, unos cuantos recuerdos de la mía, focalizados exclusivamente en el trato con animales, se han hecho visibles y me han solicitado a voces que los pusiera aquí para mi vergüenza. Justo es, no obstante, reconocer que no sólo, durante esos años y en todo niño, afloran los anteriormente citados, sino también muchos de desprendimiento, generosidad y bondad.

  No acabo de oírlo, pero se ha afirmado en multitud de ocasiones que nadie ha estimado, ha querido menos a los animales que quien más los necesitaba: las gentes del campo, de los pueblos. Cosa ciertamente matizable, discutible e incluso falsa. Lo que sucede es que en los cerdos, las vacas, los perros, las gallinas, los conejos, las ovejas, las cabras, etc. esas gentes lo que valoraban primordialmente era su utilidad, ya fuera como alimento o como imprescindibles elementos para la realización de las diferentes y cotidianas tareas propias del ámbito rural. Ahora bien, una cosa es eso, y otra la crueldad gratuita y perversa practicada tanto con bichos o animales considerados dañinos como con los útiles y que no sólo he visto sino colaborado en ello y de lo que me arrepiento profundamente entonando mi exclusivo yo pecador.

  -Yo me confieso a vos de haber cortado las colas a lagartijas para ver como éstas seguían moviéndose desprendidas de sus respectivos cuerpos.

  -Yo me confieso a vos de haber cazado grillos y, enfrentados, provocar y contemplar -sorprendido pero sin remordimiento alguno- cómo se entrelazaban y devoraban mutuamente.

  -Yo me confieso a vos de que, tras haber atrapado tábanos, introducirles una paja por el culo y echarlos a volar. Asimismo de haber visto practicar impasiblemente la misma operación con una rana e hincharla soplando por la paja hasta su liberadora muerte.

  -Yo me confieso a vos de haber contribuido a desliar a más de un perro y una perra que, siguiendo sus más naturales y placenteros instintos, chingaban libremente allá donde les venía bien. Incluso, por más señas, recuerdo una ocasión en la que, en la escuela de las chicas, pedí a la maestra "¿puedo ir a hacer una necesidad?" Mi necesidad no era otra que la de desliar a una pareja de perros que había visto por una de las ventanas. Y ya metidos en harina, me viene a la memoria otra en la que, hostigados por varios chicos y entre las generales risas, la pareja no podía desliarse, arrastrándose mutuamente, cada uno mirando para un lado, en un vaivén semejante al juego de estirar de la cuerda dos enfrentados grupos de chicos.

  -Yo me confieso a vos de haber colaborado, aunque con un solo estacazo, en el martirio llevado a cabo con una perra vieja del tío Leoncio, entregada a unos chicos por alguien de esa familia, para ser liquidada. Fueron tantas y de tal jaez las perrerías, que cada vez que rememoro aquel acontecimiento, me entran escalofríos. He aquí algunas de ellas.

  Puesto un bozal, atada una hojalata al rabo fue acosada y perseguida hasta casi la extenuación. Después, se la metió en un saco (no era muy grande) con un gato viejo para que se pelearan. Y arrastrándolo con la gruñente carga dentro y a golpes de palos y garrotes, se les sumergió en las aguas del Chorlón. Tras el baño y percibiendo que todavía estaban vivos, se desató el saco, se abandonó el gato medio muerto a su suerte, se ató al cuello de la perra una cuerda, y tirando de ella, a rastras y a palos se la condujo hasta el árbol más próximo, donde se la colgó entre el vaivén de garrotazos, uno de los cuales fue mío. Fue mi única contribución al martirio. Lo prometo.

  Lo curioso de tan cruel experiencia es que, una vez determinada la muerte de la perra, se la descolgó y abandonando el Morredondo o Gólgota, dejando en el suelo el inerte cuerpo, nos marchamos sin remordimientos. Mas, para nuestra morrocotuda sorpresa, al cabo de unos días y como si de Jesucristo se tratara, la perra apareció vivita y coleando, pero eso sí, con una pata, concretamente la izquierda de atrás, absolutamente inmovilizada e inútil para los restos. Murió de vieja.

  -Yo me confieso a vos de haber cumplido varias veces, dando pocas muestras de pena o lástima, las órdenes de los mayores de llevar a ahogar al Arroyo o al Chorlón las crías de perros y gatos. Y es que parían mucho y muchas, por tanto había que eliminarlas.

  -Yo me confieso a vos de haber dado la pedrada de gracia al abanto herido en un ala por sabe Dios quién y exhibido en la plaza del ayuntamiento con el pico fuertemente ligado con un alambre y que pusieron a disposición de los chicos para hacer con él lo que estimaran oportuno, que es tanto como exponerlo a ser martirizado. De este hecho creo que queda en algún cajón testimonio fotográfico. Se le corrió a palos y pedradas por todo el pueblo, hasta llegar a la esquina del huerto de mi tío Casimiro, donde perdió definitivamente su vida al acertarle yo con una piedra en plena pechuga.

  -Yo me confieso a vos de perseguir a horcazo vivo a los ratoncillos que corrían desaforadamente después de haber levantado los últimos fajos de cereales de las hacinas, bien en las piezas o en las eras.

  -Yo me confieso a vos de haber cazado con liga o con cepos pajarillos para meterlos en la jaula si cantaban o en el estómago si eran comestibles.

  -Yo me confieso a vos de haber ido a buscar nidos de aves consideradas dañinas para matar las crías o romper los huevos, lo cual no sólo era legal sino incluso pagado por el municipio. También estaba contemplada la zorra.

  -Yo me confieso a vos de haber deshecho a patadas o más suavemente los organizadísimos hormigueros y contemplar divertido el caos entre sus hacendosos habitantes.

  -Yo, en fin y en un panorámico vistazo, me confieso a vos de haber experimentado una positiva transformación a medida que me alejaba de ese trato cotidiano con el mundo animal del campo, cambiándolo por el humano de la ciudad, donde también he podido contemplar, colaborar y ser cómplice en las diarias, gratuitas y perversas crueldades llevadas a cabo por el hombre, no ya con animales, sino -lo que es mucho peor- con sus propios congéneres. Y es que, amigos míos, el hombre, en el campo o en la ciudad, demuestra ser el más cruel y perverso de los animales de la creación. No en balde se cuenta que -no recuerdo si en un zoo o en un itinerante espectáculo- encima de la cortina de una puerta podía leerse el siguiente reclamo:

  "¡Pasen y vean al más feroz y cruel de todos los animales"!

  Al entrar en el aposento, frente a la puerta aparecía un espejo.